Porque necesitamos los huevos

29 / 03 / 2008

Después, se nos hizo tarde. Los dos teníamos que irnos. Pero fue magnífico ver a Annie otra vez. Comprendí que era una persona estupenda… y lo agradable que había sido conocerla. Y me acordé de aquel viejo chiste, del tipo que va al psiquiatra y dice,”Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Cree que es una gallina”. El médico le contesta: “¿Por qué no hace que lo encierren?”. Y el tipo dice: “Lo haría, pero es que necesito los huevos”. Creo que eso expresa lo que siento acerca de las relaciones personales. Son completamente irracionales, disparatadas y absurdas. Pero, creo que las seguimos manteniendo…porque la mayoría de nosotros necesitamos los huevos.

Woody Allen (Annie Hall)


Historias mínimas orientales

24 / 03 / 2008

“(…) No es la ópera lo que importa.
Ahora veo que los que se quieren
no deberían enmascarar sus verdaderos
sentimientos el uno al otro.”
Ken-ichi Takata

Un largo y doloroso camino

Un largo y doloroso camino

La gauchesca hecha superstición

22 / 03 / 2008

El árbol es básico en la historia del Gauchito Gil. Antonio Mamerto Gil Núñez era un mestizo nacido aquí, en Mercedes, a mediados del siglo XIX. Dicen que, muy jóven, Antonio Gil se enamoró de una viuda que pretendía también un comisario. Que se enfrentaron en una pulpería y que Gil, vencedor, le perdonó la vida: que ése fue su error. Desde entonces, dicen, el comisario lo persiguió sin pausa -y el gaucho Antonio Gil tuvo que huir de la comarca. A lo Fierro, lo conchabó el ejército argentino y lo llevó a pelear la guerra contra el Paraguay. Cuando la guerra se acabó, un militar celeste -liberal- lo mantuvo en sus filas, pero el Gaucho era rojo -federal- y desertó a lo Fierro. Con un par de compañeros -un criollo y un mestizo- formó una banda que erraba por Corrientes. Robaba, dicen, ganado, pero lo compartía con los pobres. Hasta que una partida militar lo encontró dormido -es mejor que el héroe no se rinda- y lo detuvo; era el 8 de Enero de 1878, tiempos de Avellaneda. Los soldados lo ataron de los pies y lo colgaron cabeza abajo -clásica posición de media res- del algarrobo que todavía está acá, lleno de chapas. Estaban por matarlo y le dijeron que lo iban a dejar tirado ahí, pasto para caranchos. Antonio Gil quiso intentar una venganza póstuma:
-Si no me enterrás, cuando vuelvas a tu casa te vas a encontrar a tu hijo muy enfermo, pero si mi sangre llega a Dios, juro que volveré en favores para mi pueblo.
Le dijo al sargento que lo enfrentaba con el sable en la mano. Los sargentos -de Cruz al correntino- son importantes en la estructura de estos cuentos: son el eslabón más bajo, más accesible del poder. El sargento le rebanó el gañote y se olvidó; el capitán se llevó a Goya su cabeza. Dicen que días más tarde, cuando volvió a su casa, el sargento encontró a su esposa desesperada porque su único hijo agonizaba. Entonces el sargento recordó, volvió al lugar, enterró el cuerpo de Gil, le hizo una cruz de ñandubay y le rogó por la vida de su hijo. Al otro día, cuando volvió, el chico ya se había curado. La noticia corrió; de a poco, otros paisanos se acercaron a pedirle favores. Él, dicen, los cumplía.

-Lo que pasa es que el Gauchito cumple, es muy cumplidor. Y además le podés pedir lo que quieras, si querés también le podés pedir cosas malas.
La amplitud es central: a un santo cristiano sólo se le pueden pedir acciones respetables. Al Gauchito, en principio, cualquier cosa. Aunque, últimamente, están tratando de civilizarlo.

El Gaucho Antonio Gil tiene el pelo negro y largo, camisa azul, su pañuelito rojo al cuello. El rojo es su color: el rojo puede ser la sangre derramada y puede ser, también, la enseña federal que llevó al Interior a la derrota. Antonio Gil es el Interior hecho creencia. Antonio Gil es la gauchesca hecha superstición.

Martín Caparrós, El interior


El camino de San Diego

22 / 03 / 2008

El camino de San Diego

Amor ricónico

19 / 03 / 2008

    -Apparently Plato, who came up with the concept of the platonic relationship, was pretty excited about it. He named it after himself. He said “Yeah, I got this new thing– “platonic”. My idea, my name, callin’ it after myself… What I do is, I go out with the girls, I talk with them– don’t do anything… and go right home. What’dya think? I think it’s going to be big!”
-I bet you there were other guys in history that tried to get relationships named after them, but it didn’t work. Y’know, I bet you there were guys who tried to do it, just went: “Hi, my name’s Rico. Would you like to go to bed immediately? Hey, it’s a “Riconic” relationship…”

    -Parece ser que Platón, al crear el concepto de relación platónica, estaba muy entusiasmado con la idea y por eso le puso su nombre. Habrá dicho, “Si… tengo algo nuevo: “platonico”. Es mi idea y le pongo mi nombre… Lo que hago es salir con chicas, hablarles, no hacer nada… y volver directo a casa. ¿Qué piensan, eh? ¡Creo que será algo grande!”.
-Estoy seguro que habrá habido en la historia otros tipos que quisieron crear relaciones que llevaran su nombre, pero no funcionaron. Pienso en tipos que tratando de hacerlo dijeron: “Hola, mi nombre es Rico. Querés acostarme conmigo ahora?… Oye, es una relación Ricónica…”

Jerry Seinfeld (The Stakeout, Seinfeld)


Encuesta sociológica

17 / 03 / 2008

La empresa de pelucas estaba en Shinbashi. En el subte, May Kasahara me explicó someramente en qué consistía la investigación. Según me dijo, tendríamos que ponenrnos en una esquina y contar cuántos calvos (o personas cuyo cabello clareaba) pasaban por la calle. Según el grado de calvicie, se clasificaban en tres categorías. “Ciruela”: personas a quienes les clareaba un poco el pelo; “bambú”: personas a quienes les clareaba bastante el pelo; “pino”: personas completamente calvas.

(…)

-Yo me encargaré de la clasificación pino-bambú-ciruela. Vos te quedás al lado y cada vez que diga pino, bambú, lo vas apuntando. ¿Qué? Fácil, ¿eh?

(…)

Después nos sentamos en la boca del subte delante de Wakoo y, durante tres horas, contamos calvos. En la entrada del subte, mirando desde arriba las cabezas de los que subían y bajaban las escaleras, era como mejor se podía apreciar el estado capilar de las cabezas. Conforme May Kasahara me iba diciendo “pino” o “bambú”, yo lo iba apuntando en el formulario. May Kasahara parecía avezada a la tarea. No se aturdió, vaciló o corrigió ni una sola vez. Clasificaba los estadios de calvicie en tres grados con auténtica celeridad y precisión. Para no ser descubierta por los transeúntes, me decía en voz baja, sucintamente, “pino” o “bambú”. Cuando pasaban a la vez varias personas con el pelo ralo, ella tenía que decir atropelladamente “ciruela-ciruela-bambú-pino-bambú-ciruela”. En un determinado momento, un anciano caballero muy elegante (con una magnífica cabellera plateada), después de observar un rato nuestro trabajo, me preguntó:
- Perdone, ¿qué están haciendo ustedes?
- Una encuesta – le respondí concisamente.
- ¿Qué tipo de encuesta? – preguntó.
- Una encuesta sociológica – dije.
- Ciruela-pino-ciruela – dijo May Kasahara en voz baja.
Él, con aire de estar poco convencido, observó un rato más cómo trabajábamos y, al fin, desistió y se fué.

Haruki Murakami, Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo.