-Le voy a contar una historia, Verani. Estoy seguro de que le puede interesar.
-Diga nomás.
-Sucede en la tarde del 26 de agosto de 1910 en un hotel de Leiden, en Holanda. Se ubica.
-Aproximadamente.
-Bien. Esa tarde de agosto (hablamos del hemisferio norte, no lo olvide: es pleno verano), en ese hotel de esa pequeña ciudad, dos hombres se encuentran.
-Sí.
-Dos grandes hombres.
-Ah.
-¿No se imagina quiénes pueden ser?
-No.
-¿Uno de los dos, por lo menos?
-No.
-Pues bien, entonces contenga la respiración y entérese.
-Dele nomás.
-Dos grandes hombres, como le decía: Gustav Mahler y Sigmund Freud.
-Mire usted.
-¿Se hace una idea, Verani? El más grande compositor del entresiglo y el fundador, nada menos, del psicoanálisis. Se encuentran los dos, el 26 de agosto de 1910, y mantienen una larga conversación de aproximadamente cuatro horas.
-Los dos metidos en un cuarto.
-No, no, yo no dije eso. Se encuentran en el hotel, eso sí. Pero después salen a caminar por la ciudad. Vagan y conversan. Una larga y trascendental conversación.
-Mire qué cosa.
-No pierda de vista, le encarezco, la estatura de los dos hombres a los que me estoy refiriendo.
-Sí, ya sé, ya sé.
-Si sabe, no se encoja de hombros.
-No haga caso, Ledesma. Es un tic que tengo.
-Mahler y Freud, nada menos. Freud ha interrumpido sus vacaciones en el Mar del Norte, declarando que no podía resistirse a un hombre de la importancia de Mahler. Y Mahler lo ha buscado, deseoso de mantener una entrevista con él. Por cable lo contacta y concertan un encuentro. Cuatro veces la cosa queda en nada: Mahler vacila y cancela la cita.
-No quiere.
-Algo más complejo que eso. Tiene miedo de lo que puede llegar a escuchar o, peor, de lo que puede llegar a decir. Quiere y no quiere. Freud entiende las reticencias de Mahler como una folie de doute de su neurosis obsesiva.
-¿Una qué, disculpe?
-Estaba en duda, mi amigo. Tremendamente en duda, Gustav Mahler, le estoy diciendo, no cualquier perejil. No sabía qué hacer.
-Pobre tipo.
-Por fin se decide y confirma la interviú. Viaja en tren desde Toblach a Leiden. En el viaje escribe cartas: cartas a Alma Mahler, su mujer. Se encuentra con Freud en Holanda el 26 de Agosto. Tienen casi la misma edad, un origen semejante. Se caen bien y se entienden. Hablarán durante unas cuatro horas. Mahler y Freud. Gustav Mahler y Sigmund Freud: mida usted la importancia de este encuentro.
-No dejan de ser, desde mi punto de vista, dos tipos que charlan.
-No es una charla cualquiera, permítamen que le avise. Es una verdadera sesión de análisis la que mantienen.
-¿Y con eso qué? Yo pienso que un holandés cualunque, que está sentado, como nosotros ahora, tomando algo en el café. Mira por la ventana y los ve pasar. ¿Qué ve? Dos tipos que charlan.
-Algo más que eso, Verani, ¿no le parece? Es una sesión de psicoanálisis, no una charla común y corriente. De Gustav Mahler, nada menos. Nada menos. Y nada menos que con Sigmund Freud.
-¿Y qué?
-¿Pero usted no se da cuenta de lo que significa una sesión de psicoanálisis con Freud? Es como si usted, pecador, quiere confesarse, y el que lo confiesa es el Papa. El Papa en persona, nada menos.
-Si usted quiere deslumbrarse, deslumbresé. Para mí son dos tipos que charlan.
-Le presto sin falta La interpretación de los sueños.
-Dos tipos que charlan. Hombres de carne y hueso.
-Véngase a casa una noche. Tengo un buen vino para usted. Y la quinta sinfonía de Mahler.
-Dos tipos que charlan. Eso son. Y nada más.
-¿Sabe lo que es usted? Un insensible.
-¿Y sabe lo que es usted? Un cholulo.
-¿Cómo dice?
-Lo que oyó, Ledesma, un cholulo. Como Cholula, loca por los astros.
-Cómo me va a decir semejante cosa a mí.
-Se la digo, Ledesma, no se ofenda, pero es la verdad. Si yo vengo acá con la Radiolandia, o con El Gráfico, y le empiezo a hablar de las grandes estrellas, de Sandrini con Malvina Pastorino, del Gringo Scotta con la Oveja Telch, ¿usted qué me diría? Que el culto a las estrellas me tiene enajenado. Eso me diría. Y lo peor es que se cree muy diferente, usted, muy diferente. ¿Por qué? Porque las figuritas suyas son un músico y un psicólogo. ¿Y con eso qué, Ledesma? ¿Con eso qué? Se le cae la baba de verlos así, juntos, famosos; ganas de pedirles un autógrafo le dan. “Para mi hija Quelita.” Me lo imagino, creamé. ¿Eso qué es, Ledesma? Cholulismo. Cholulismo puro. Así está usted, Ledesma, como Cholula: loco por los astros.
-Madre mía.
Segundos afuera (Martín Kohan)